sábado, 29 de julio de 2017

MANÍAS

No me considero una persona maniática. Y, sin embargo, me he puesto a pensar y me ha salido una lista larga de tonterías o pequeñeces que repito día tras día sin apenas percibirlo. Y creo que deberías conocerlas. Son demasiado mías.
Cuando los nervios me invaden no puedo evitar morderme las uñas. Mi fuerza de voluntad es grande, pero con esto no puede. Adoro desayunar una taza de Cola-Cao con galletas, pero los sábados de campeonato solo acepto un yogur al despertar. Cualquier tipo de sopa, potaje o crema tengo que tomarla con mi cuchara de plástico con una vaquita dibujada que usaba a diario allí por el 2003. Repaso hasta que el profesor empieza a repartir los exámenes, aunque sepa que me lo sé todo. Cuando me entra la vergüenza me muerdo el labio y no suelo aguantar mucho con el pelo suelto (una coleta alta o un moño deshecho es lo más cómodo del mundo). Cuando saludo o me despido de un grupo siempre dejo para el final el abrazo o los dos besos que me apetecen más dar. Después de comer siempre espero diez minutos más o menos antes de lavarme los dientes, para alargar el sabor del postre un ratito más. Para tocar la guitarra necesito que la puerta esté cerrada si toco sola y que la gente esté en silencio si alguien me está escuchando. Y cuando estoy leyendo un libro ODIO que alguien se pegue a mí y vaya leyendo por encima lo que estoy leyendo yo. Siempre siempre le pregunto a mi madre si voy bien de ropa cada vez que salgo. Y repito "tía" unas 495.294.410 veces al día. Cuando estoy triste siempre tengo la magnífica costumbre de escuchar música deprimente. En las exposiciones orales me suele entrar el pánico, y me toco el pelo y lo peino para la derecha, luego para la izquierda, después a la derecha otra vez,... Ah, y consigo que todo recuerde dolorosamente a ti.
Ahora ya me conoces un poquito más. Tú verás que haces con la información...

martes, 18 de julio de 2017

TENGO GANAS

Supongo que soy tonta. Que me ilusiono a la mínima, que quiero demasiado. Que eso solo me sirve para pasarlo mal.
Pero joder, como me habría gustado haber acertado con cada sueño. No haber experimentado tanta desilusión. No haberme dado tantos golpes. Pero es el precio que hay que pagar por vivir con ganas, no?
Y es que tengo muchas ganas. Muchísimas. De mejorar, de descubrir, de gustar. De ti. Tengo muchas muchas ganas de ti. Y la verdad es que me agobia no saber si tu las tienes de mí. Y me mata pensar que no es así.
Porque me da igual las veces que me digan que me olvide. Simplemente porque no puedo.
Nunca me había dado tan fuerte por alguien que conozco tan poco. No lo entiendo. Y veo que tú tampoco. Y duele. De nuevo, no te imaginas cuanto.
Así que sí, toca esperar. Esperar por ti, o por otro, o a que se me pase, o... yo que se. Esperar. Tiempo al tiempo, no?

sábado, 8 de julio de 2017

NOCHE DE MAGIA

¿Cómo describir un instante que te dejó sin aliento? Cuando las palabras se quedan cortas solo puedes intentarlo.
Y lo intentaré, pero no se cómo hacer que esas sensaciones tan intensas queden plasmadas en una hoja en blanco.
Y es que fue increíble como empezó. Como de pelíula ñoña de domingo por la tarde. Con la música de fiesta de fondo. Las estrellas brillando. La gente celebrando San Juan, tan ajenos a nosotros. Y tú, tan alto, tan guapo, tan tú, me rodeabas a mí, tan pequeña, tan torpe, tan tímida.
Y los fuegos artificiales aún no estaban preparados, pero para nosotros empezaron dos horas antes. Y el mundo se detuvo. Durante media hora solo existimos tú y yo. Tus labios, tus manos, tus ojos, tú. Perfecto. Simplemente.
Nunca nadie me había explorado como hicieron tus manos, con esa suavidad y esa intensidad tan bien alternadas. Si es que hasta fue perfecto cuando introdujiste tu mano en el bolsillo de mi pantalón cortito de flores.
Por eso gracias. Gracias por echar a tu amigo, por nuestra media hora de gloria. Por volver a por mí dos horas después. Por los instantes en los que nuestras miradas coincidían y nuestros labios decidían sonreir a la vez. Por tus intentos de cantar entre beso y beso. Por hacerme sentir en las nubes. Por calentarme las manos, por ofrecerme tu sudadera aunque no me la pusiera. Gracias. Por todo. Fue mágico.
Y ahora que los dos sabemos que esa magia no va a volver a repetirse, solo nos toca recordarlo con más cariño todavía.